Por Lorena Sánchez
http://www.cubacontemporanea.com/noticias/12568-oscar-cruz-algunas-instigaciones-del-hombre-gordo

Hay en Oscar Cruz cierta simbología que asusta. Cierto juego poético que en ocasiones petrifica. Tal pareciera que al poeta le gusta poner a prueba a su interlocutor, soltar el hilo y ver hasta dónde llega, hacerlo subir al ring y golpear una y otra vez, hasta el último asalto cuando le encaja el derechazo definitivo para luego dejarlo morir por knockout.
A pesar de que OC no se considera un killer del área, un ballenero tras la caza de esas “mortíferas especies” que circundan la literatura cubana. “Nunca llegaría a ser un killer” -dice-; “los killers están en las instituciones, ellos son los dueños de los barcos y las ballenas. Yo solo proceso y escribo”.
Aunque la simbología de OC, aquella que podemos percibir en su poética, tiene también cierta dosis de escepticismo, pues no solo produce determinado espasmo sobre el lector, sino que además le hace cuestionarse todo el tiempo si realmente ese es el camino por el cual debe transitar. Como si la literatura no fuera suficiente.
Pero, ¿qué sabe el lector cubano de OC? Quizás que es santiaguero, que nació en 1979, que se graduó de Historia en el lejano 2003, que en febrero último el suplemento El Cultural del diario español El Mundo lo incluyó en la lista de los principales escritores de la nueva literatura cubana, asumiéndolo como un “prolífico poeta” -cuestión para él discutible-; que ha publicado cuatro poemarios entre los que destacan Los malos inquilinos (2008) y La Maestranza (2013), ambos en Ediciones Unión. Que obtuvo en poesía los premios David (2006), Pinos Nuevos (2009), Dador (2009) y el que otorga La Gaceta de Cuba (2010). Que con el volumen Balada del Buen Muñeco (Colección SurEditores, 2010) mereció el Premio Wolsan-CubaPoesía 2012, concebido para autores menores de 35 años con posibilidades únicas de publicación, gracias al cual participó en el Festival Internacional de Poesía de Medellín. “Un vacilón -asegura-, un sitio al que siempre quieres volver”.
Todo esto se sabe en el hipotético caso de que el lector cubano sea una rara avis, un ratón de biblioteca o de librerías que rastrea el corpus literario de la Isla, a veces tan disperso. Otras cosas se saben menos: que trabaja en un proyecto bastante ambicioso, “una suerte de Divina Comedia cubana en versos que ya sobrepasa las 700 páginas” y que aún no termina; que quisiera concluirlo este año, pues le interesa “circular ese material en volúmenes de 200 cuartillas cada cuatro años a partir de 2025”. Proyecto tan a largo plazo, tan meticuloso, que hace dudar de su verisimilitud y pensar, tal vez, si OC pone a prueba nuestra perspicacia nuevamente.
Que eso de las influencias literarias no es lo suyo -y esto lo intuimos-, que a pesar de haber en Los malos inquilinos, aquel cuaderno inicial, ciertas referencias a los clásicos de la mitología griega, de la literatura universal, él prefiere hoy “la cultura de mazas y cierta relación zoqueta -que tienen los poetas, al igual que los griegos- con el money”. Que todo cuanto distancia al OC de Los malos inquilinos y a aquel que podemos leer en La Maestranza se suscribe al hecho de que “el uno estaba flaco y sumaba poco más de 26. El otro está barbado y ciertamente gordo… muyyyy… pero (muuuuyyy gordo)”. Que planea “publicar dentro de un par de años el segundo volumen que conforma la trilogía de La Maestranza y un par de años más arriba el tercero”.
A OC le interesa, sin embargo, una escritura que “presente su mazamba con concisión, claridad y fuerza. Hacer que todas las voces hablen; prestar oído y registrar la voz de los afásicos, las putas, los vividores… Un practicante de la poesía que viva en una zoociedad como la nuestra -señala- debería prestar oídos a todas esas voces”.
Si le preguntas por La Maestranza -ese libro espinoso, esa apuesta riesgosa donde se polemiza constantemente sobre el canon de la literatura cubana-, por las implicaciones que podría haber tenido publicarlo en la Isla, el poeta simplemente alega: “cuando escribes sobre algo que te fermenta, las consecuencias no te conciernen. Si hay insensatos a quienes esa lectura les hace daño, pues entonces, peor para ellos”.
Pero hay en OC determinadas alegorías que un lector bien entrenado sabe distinguir: ciertamente la realidad santiaguera, el imaginario de sus calles y pobladores; no obstante, las alusiones a la high society -a la Bella Poesía Nacional, según sus términos- del campo literario cubano impregnan sus poemas. Y es que, en ese sentido, se considera un “consumista” de todo cuanto le sirva para movilizar el pensamiento.
“Querría rescatar para el poema cierta zona de lo popular jodido que algunos ilustrados denominan marginal. No siempre lo popular jodido podría considerarse marginal. He vivido 35 años en lo popular jodido y no he sido ni soy un marginal.
“La poesía cubana no ha sido capaz de incorporar esa materia, en una lengua viva, al poema. Por lo general se ha mostrado, salvo contadas y muy valiosas excepciones, en una zona de confort, alambicada, burguesona, de una élite a prueba de balas. Creo que hallaríamos allí, en ese punto, una de sus más sonantes limitaciones. Muchos de los intentos de abordaje en ese sentido han sido casi siempre por las ramas, gestos autistas y fallidos”.
De ahí, según confiesa más tarde, se desprende uno de los móviles fundamentales para concebir La Maestranza. Quizás también en ese sentido aparezca Lezama Lima en sus textos, en tanto -aclara- “a él le debemos un sinfín de Lezamones. Un seremil de parapléjicos mentales que aún no logran desatarse. Uno escucha hablar del neobarroco y ahí aparecen los bovinos de Lezama reclamando su bocado. Uno llega sin esfuerzo a rechazarlos. Querría que dejaran reposar al gordo; que lo dejen por lo menos recostarse”.
Ciertamente para OC el poeta -desde el punto de vista genérico- “no es antílope dorado ni un pipí risitas, aunque a ratos se le vea como tal”. Las nociones que defiende están relacionadas con el poeta como un individuo enfrentado a la realidad, con una responsabilidad cívica y ética a la altura de los tiempos que le toquen vivir, con una actitud radical ante los procesos que minan y deterioran la condición humana.
“En Cuba padecemos de un infantilismo sin igual -refiere-. A ratos he escuchado decir a algunos poetines y narratones: ‛Fulano es un mal poeta pero un buen socio’; ‛qué bueno que le dieron el premio porque es un tipo chévere’, o ‛se lo merecía desde hace rato porque es una buena persona y ya le queda poco’. De este infantilismo estamos saturados. Una educación literario ⁄ sentimental que amarga y deja baldados. Lo cierto es que el campo literario cubano, como el de cualquier parte, es bastante hostil, y no hay, como se dice, una coexistencia pacífica. Cosa que me parece saludable. Existen de manera solapada, y a veces no tanto, pugnas estéticas, raciales, políticas, sexuales, de toda índole, entre escritores”.
A pesar de estos inconvenientes, a pesar de que la poesía cubana sea el género menos comercializado en la Isla -cuestión que OC asume con naturalidad, pues no se trata de un asunto meramente cubano-; de que a estas alturas existe una preocupación, por parte de algunos “tanques pensantes” de nuestro mundillo editorial, de convertir el poema o la poesía en mercancía -ni en Marx se leía esto, dice OC-; de que este género literario “no es un producto de primera necesidad, no es ni jabón ni aceite ni bolas de carne, sino un producto del espíritu y el conocimiento humano, un instrumento liberador, de una fuerza”; a pesar de la melaza reinante, y contra el criterio de miles y miles, para él la poesía cubana contemporánea es de las mejores de la lengua.
“Tenemos poetas de una verdadera contundencia -concluye-, que de no haber sido por las nefastas políticas de promoción y proyección hacia el mundo existentes, habrían impactado con fuerza en el continente y más allá. Serían al menos conocidos y sus libros se habrían traducido a otros idiomas y hubiera un intercambio más fluido entre la poesía cubana y esas otras poesías. Aquí entraría a tomar partido el asunto de Internet, pero eso es otro tema que, ciertamente, me agota”.













