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Jun 05 2017

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Los papeles falsos y otros apuntes

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Papeles falsos semeja a un libro espejo. Escrito con desenfado y fluidez es capaz de encantar, de ahí toda la buena crítica que recibió tras publicarse por Sexto Piso. Las ideas frescas y la manera en que Valeria Luiselli cuenta historias conocidas resultan bastante afortunadas. El homenaje a Joseph Brodsky es fundamental dentro del volumen, ya sea por las referencias, los nombres de los capítulos, las citas o el argumento en sí de los textos. La edición en Cuba del primer libro de la escritora mexicana corrió a cargo de Sed de Belleza (2015).

Me parece un acierto que esta editorial de la AHS villaclareña decidiera la publicación del ejemplar; en Cuba se hace cada vez más difícil insertarse en el mercado contemporáneo de las letras y por lo tanto, que los lectores tengan acceso a esos libros.

Enrique Vila-Mata afirma que Valeria es sucesora de Alfonso Reyes y Sergio Pitol, es quizá esta comparación un tanto elevada; la tradición ensayística mexicana tiene un mejor modo de demostrar, a través del tiempo, la exquisitez de sus autores y la valía de su pensamiento. Las escritoras también han logrado crear un expediente, ni superior ni inferior al de los hombres, simplemente uno de valía, con temas y reflexiones que van desde lo literario hasta otras esencialidades. El problema de género en la literatura mexicana es antiguo y polémico. Mucho se ha luchado por defender el puesto y el nombre de las féminas, excluidas, por motivos variados, del panorama literario en México.

En el siglo XX encontramos nombres de escritoras que se van cimentando con paciencia y que son hacedoras de una obra potable y significativa. Llegan nombres como Rosario Castellanos, Ángeles Mastretta, Margo Glantz o Elena Poniatowska y muchas otras que han sido menos mediáticas, leídas o estudiadas.

Un apreciable número de ensayos —o libros— de autores contemporáneos, para la segunda mitad del siglo XX (sucede esto sobre todo en el continente Latinoamericano), podríamos decir, tienden a ser mucho más conversacionales, huérfanos de centrar el todo en la reflexión y dar más espacio a la anécdota o a las experiencias personales sobre un tema específico. Ello provoca que a menudo crucen las fronteras de los géneros sin poder identificar con facilidad en cuál de ellos se encuentra.

Este es el caso de Luiselli. Papeles falsos es una gran metáfora de viaje, un intercambio constante entre el narrador, la persona y las piezas literarias con que interactúa ya sea por fuerzas naturales o psíquicas; es un pequeño catálogo de pasiones que interesan a Luiselli, e identifican sus sentimientos como emigrada, y de ahí en adelante a todo público con que conecta. De sabias maneras narra Valeria sus viajes, hay técnicas literarias que emplea para dar dinamismo, suspenso y relevancia al texto y luego toma de la mano al periodismo (fundamentalmente a la crónica, pero utiliza también al comentario o incluso ofrece pequeñas notas sobre determinados sucesos), se acerca muchísimo a él, porque no hay otra forma de lograr lo que ella pretende sin esas vías. A veces, el uso de la crónica se hace muy extenso si analizamos el número de piezas de este libro, a veces parecemos asistir a la lectura de un volumen de periodismo y no de ensayo; y no es que haya problema alguno en ello, solo que Papeles falsos se ha difundido como ensayístico. Aunque es cierto que Valeria logra con sus matices y reflexiones, algo mucho más elaborado que una crónica en un diario, ella catapulta numerosas viñetas del libro a un nivel más elevado del pensamiento.

El primer capítulo es una búsqueda visceral a las esencias de Brodsky, una búsqueda del lugar físico desde donde Valeria puede hacer más terrenal al hombre de Marca de agua, una búsqueda con todas las fuerzas, como suele hacerse solo por amor. Sin dudas, es Brodsky, el más fuerte amor literario de Luiselli. Las sintéticas viñetas de este acápite se entrelazan como vasos comunicantes y hasta fungen como una especie de cuento mayor, en el que poco a poco, se dan elementos o datos del personaje que busca una tumba en el cementerio veneciano. Los títulos de cada una (siempre de un personaje que descansa en el CIMITERIO DI SAN MICHELE) ofrecen una unidad indisoluble y la hacen una caja cerrada perfecta.

En IGOR STRAVINSKY (1882-1971) hace la autora una serie de concesiones: coloca algunos datos biográficos de Brodsky, como para acercar su narración a un público que pudiera desconocer la historia; ahí está otra de las pruebas de su tendencia a reseñar o cronicar. Pero hacia el final escribe: “(…) una persona solo tiene dos residencias permanentes: la casa de la infancia y la tumba” y así la descoloca del discurso trivial que por lo general abunda en las crónicas de los periódicos para darle un valor literario acertado. Cuando avanzamos a LUCHINO VISCONTI (1906-1976) descubrimos otra intención de Valeria, que por la manera en que resuelve narrarla también, a mi parecer, se acerca mucho más al periodismo; se trata de la denuncia, de la crítica porque la tumba de Joseph Brodsky no está señalada, aunque sea con un “letrero apenas visible” como sí es el caso de Ezra Pound, Luchino Visconti, Igor Stravinsky, Sergei Diaghilev. Termina Valeria otra vez con una sentencia que ella sabe necesaria para salvar su breve ensayo: “Si la voluntad y la vida son dos cosas imposibles de separar, la muerte y el azar también lo son”.

Lo que sucede, lo mágico en Luiselli es la manera afortunada en que logra conectar con todo tipo de público, no necesita, ni busca, la autora, el desarrollo de un lenguaje esquisto, no intenta profundizar demasiado en los conceptos; simplemente agarra el tema, lo digiere y luego lo sirve en  platos sencillos y con buen gusto. Intenta ella articular una especie de noveleta (a través de cuentos que se conectan), por ejemplo, cuando comienza así: “Después de buscar la tumba de Brodsky durante varias horas y no haber encontrado siquiera la de Ezra Pound, estuve a punto de tirar la toalla”; esta última frase, en extremo coloquial, es quizá una estrategia de Valeria para que su texto tenga de todo un poco, pero hay que anotar que no es del todo un trabajo ensayístico serio, aunque sí reconocible y muy bien redactado, por lo tanto, válido. Son tal vez las voluminosas lecturas de Luiselli lo que le han permitido comenzar con tan buen pie, se percibe cómo las utiliza, cómo se nutre de ellas para el desarrollo mismo de la narración. Junto a ella está Chesterton, sobre todo, pero también Henri Bergson, Walter Benjamin, Baudelaire, Pasternak, Quevedo, Wallace Stevens, Apollinaire, Galway Kinnell, Robert Walser, Rousseau, Ortega y Gasset, Pessoa, Wittgenstein, Aristóteles, Deleuze, Freud, George Steiner, Cioran, Heidegger, Isabel Allende, Tomás Segovia, Roberto Bolaños, Beckett, Marguerite Duras, Sebald, Borges, Melville, etcétera. Los dos últimos ensayos de esta parte inicial (el dedicado a Ezra Pound y Joseph Brodsky) son los mejores logrados; el primero de ellos, muy sintético, está escrito desde la brevedad exacta que no deja fuera datos necesarios, pero que tampoco incluye a los indebidos. Valeria se permite manejar además el humor que no tiene otro efecto que provocar, irremediablemente, que simpaticemos aún más con su narración:

Pero en el Recinto Evangélico (Ezra Pound [Iosif Brodsky]) no había nadie. Nadie salvo una anciana, cargada con todo tipo de bolsas de mercado llenas de bártulos, parada frente a la tumba de Ezra Pound. No presté mucha atención y me encaminé directamente hacia el ruso, como si marcara mi bando: tú con Pound, pues yo con Brodsky.

La dedicada (al fin) al autor del admirable volumen Menos que uno, es una muy buena crónica. Vuelve Valeria a ofrecer información, hay descripciones precisas de lo que encontró en la tumba de Brodsky, y luego arremete a la crítica, desde su visión muy personal de las cosas, como si tuviera los propósitos estilizados de un periodista. Se revela Valeria, allí, en su ensayo, contra costumbres que la gente guarda frente a los cementerios y que ella cree absurdas, como: “guardar silencio, rezar, y caminar despacio con la cabeza gacha, las manos dobladas a la altura del vientre”.

El segundo acápite, es evidente, está pensado mucho antes de haberse escrito. Tiene una distribución precisa, desde el mismo nombre que vuelve a jugar con Brodsky hasta cada uno de los títulos interiores. Más, existen algunos que pudieron extirparse del volumen en busca de la perfección, como «RÍO CHURUBUSCO». Comienza Valeria aquí a desarrollar el tema mexicano que está muy arraigado en ella aunque su vida en México no fuera extensa. Como bien acierta Paz en el Laberinto de la soledad, Luiselli se siente parte de una serie de señas, maneras de ser, pensar, caminar; parte de una herencia que viene desde la Malinche y el significado de su traición, desde la preciosista cultura y el, por supuesto, legado literario. Quiere ella tallar su puesto, quiere denunciar, narrar el acontecer nacional, oponerse con su crítica a las versiones oficiales de las cosas, darse cuenta del valor de lo cotidiano y hacérselo ver, sobre todo, al lector mexicano. Valeria quiere ser parte de ese valiosísimo camino repleto de literatos que mediante la crónica hicieron una obra de valor auténtico, aquí hablamos desde el siglo XIX de muchísimos nombres (Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Guillermo Prieto, Luis G. Urbina, José Juan Tablado…), o del XX (Monsiváis, José Joaquín Blanco, José Emilio Pacheco, Guadalupe Loaeza…). Aparece entonces Valeria con su discurso urbano de la realidad mexicana; habla de la mapoteca de la ciudad de México (no olvida aquí conectar siempre con Brodsky cuando se refiere al polvo, en este caso), de las sensaciones que le provoca aterrizar en la ciudad de México; y aunque afirma que escribir sobre ello “es una empresa destinada al fracaso”, lo continúa haciendo como si no tuviese otro remedio, como si fuera un reflejo incondicionado imposible de separar del cuerpo. Habla sobre el DF, el Periférico, Coplico, los autores mexicanos y sus obras (Aura, Alfonso Reyes, Salvador Novo, Gilberto Owen, Octavio Paz); y cuando parece que escribe, otra vez, sobre Venecia y las figuras que se asemejan a su silueta, termina diciendo: “¿a qué se asemeja el mapa de la ciudad de México?

En «Río de la colmena», breve y precisa viñeta, vuelve a ser evidente su intención de denuncia, de crítica: “es un hecho paradójico —escribe Valeria— que la ciudad de México (…) haya perdido toda posible articulación y no se haya organizado en torno a ese centro”; dos páginas más adelante regresa sobre el tema: “a los habitantes de la ciudad de México no les está concedido el punto de vista de la miniatura ni del pájaro porque carecen de todo punto de referencia. Se perdió, en algún momento, la noción de un centro, de un eje articulador”. Y RÍO TACUBAYA vuelve a ser el perfecto para el cierre de esta sección, y otra vez creo que abraza mucho más a la crónica que al ensayo.

En el corto tercer acápite («La velocidad à velo») Valeria modula una serie de temas que se relacionan con las secciones anteriores, pero no abandona a México (o puede decirse a la crítica, a la defensa del país, cuando dice por ejemplo: «la poco caminable y apenas literaria ciudad de México») como entorno. Otros resultan intrascendentes, incluso, prescindibles. Es un apartado donde la narración continúa siendo una crónica, aunque persisten los intentos por, de alguna forma, ensayar en determinados temas. Se repite la narración limpia, precisa, dinámica, original y absorbente. Perpetúa aquí la descripción y el uso de sus memorias y experiencias como argumentos.

En «Dos calles y una banqueta» se repiten muchos temas anteriores, pero se lanza Luiselli a un juego del lenguaje y definiciones, y vuelve a errar como en ORIZABA – A LA IZQUIERDA o TABASCO – A LA DERECHA o ZACATECAS – A LA DERECHA; pero en otros sabe, mediante una palabra o un hábitat, conectar las viñetas, trazar una especie de vasos comunicantes que sustentan como un todo a sus narraciones. Ofrece aquí información, se refiere al inventor de la nostalgia —convirtiendo esa en la metáfora que encierra su libro—, de la enfermedad (melancolía, saudade) que provoca a ciertos individuos estar lejos de casa, de ser unos emigrados. PLAZA LUIS CABRERA – CRUZAR A PIE es un ejemplo muy funcional de lo anterior, y se vale Luiselli de armas psicológicas y narrativas para lograr el efecto que quiere cuando cuenta que en su infancia cavó un túnel en el jardín de su casa para así poder llegar a México y no ser una niña melancólica.

Para el sexto capítulo (Paraíso en obras) regresa Valeria con las memorias y temas familiares y tiene muchas más narraciones escritas en primera persona lo que nos remite otra vez a las cercanías de la crónica. No deja cabo sueltos al volver sobre Brodsky. Cuando leí UTILICE VÍAS ALTERNAS sobre el estadounidense Louis Wolfson de inmediato recordé a Paul Auster y su ensayo, mucho más completo y estético, sobre el mismo tema: “Babel en New York”. Y sobre el fenómeno de la emigración y sus trastornos visibles o no, también regresa Valeria, narrándolo de maneras novedosas y acertadas: “El escritor, cuando no se siente en casa en su lengua, convierte las escamas en escaleras. Sube hasta la cumbre de su lenguaje, lo perfora desde dentro, camina como un equilibrista por el techo”.

En “Mudanzas: volver a los libros” hay muy buenos ensayos breves (ARRENDAMIENTOS) y sabe Valeria aquí también interconectarlos todos mediante algún motivo para que se continúen leyendo como uno solo. A veces vuelve a escapársele el ajuste del nudo en la soga, en este caso con la Duras, reiterando demasiado su presencia en este acápite. En “Otros cuartos” recoge Luiselli pequeños acercamientos a temas de la vida universitaria, marcados más por la intención de comentar y criticar que por la de ensayar.

Culmina Papeles falsos con otra serie de escritos que no representan más que los últimos hilos que bien atan al resto del libro. Retoma los temas más recurrentes, los menciona, los concluye aquí, les da muerte certera y los evalúa como las categorías que han sido y termina con un texto autobiográfico muy acertado para el final, donde se analiza a sí misma de diversas maneras y coloca sus mismos puntos sobre las íes. Concluye Valeria un libro que se lee sin tropiezos de principio a fin, que apuesta por una manera narrativa bastante desenfadada y que, aunque no siempre acierta a ensayar con cada texto, es un libro aceptable. Valeria ha comprendido, como Octavio Paz, que “el hombre es un desterrado del fluir cósmico y de sí mismo”.

 

Tomado de:http://www.caimanbarbudo.cu/literatura/resena-de-libros/2017/06/los-papeles-falsos-y-otros-apuntes/

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